26 de Mayo de 2018

La próxima recesión va a ser realmente horrible

Valora este artículo
(0 votos)

Cuando llegue la próxima recesión, muchas de las personas que pierdan su trabajo tendrá más dificultades para conseguir un seguro de desempleo, un importante salvavidas para la mayoría de estadounidenses.

En varios estados, podrían tener que hacerse pruebas de orina solo para aspirar a obtenerlo.

Quienes no accedan a esa prestación tendrán que conformarse con el tipo de trabajos que nuestra economía produce en abundancia: un contrato laboral en un centro logístico de Amazon, por ejemplo, o un trabajillo repartiéndoles comida a aquellos que aún construyen su carrera profesional.

La recesión vuelve a ocupar nuestras conversaciones tras los recientes vaivenes de la bolsa. Es altamente probable que la siguiente recesión ocurra en los próximos tres años, con el presidente Donald Trump aún en el cargo.

Tal vez suceda como resultado de la inflación desencadenada por el proyecto de ley impositiva. Quizás tenga algo que ver con una excesiva deuda de los consumidores. No sabemos cuál será la causa, pero sí tenemos una idea de cómo los estadounidenses vivirán la próxima depresión económica.

Desde la Gran Recesión, durante la cual varias veces el Partido Republicano aceptó, a regañadientes, que el expresidente Barack Obama extendiera el seguro de desempleo, los republicanos tanto a nivel federal como estatal han presionado para que haya menos beneficios y sean más difíciles de ganar.

Mientras tanto, los agujeros que abrieron en la red de seguridad serán tapados con las llamadas “modalidades de trabajo alternativas” ‒trabajitos, changas, curritos, chambas‒ que les ofrecen una menor protección a los trabajadores que los trabajos a tiempo completo.

Por una cuestión de diseño, Estados Unidos está mal preparado para su próxima recesión, y va a ser horrible.

Es el gobierno de Estados Unidos quien mide el crecimiento económico y la tasa de desempleo, pero en realidad la que declara el inicio de una recesión es una organización sin fines lucrativos llamada Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER).

Desde la década de 1920, esta organización ha tenido un comité conformado por intelectuales que observan una gran cantidad de indicadores, especialmente los niveles de ingreso personal, las tasas de desempleo y el producto interno bruto para determinar cuándo ha comenzado una recesión.

Una recesión empieza cuando la actividad económica ha alcanzado su pico. Justo en el momento en que las cosas están mejor que nunca también están a punto de empeorar.

El deterioro de las condiciones comerciales debe afectar al conjunto de la economía; no se trata del desplome de un solo sector, como el que ha causado Amazon entre los vendedores minoristas.

Pero no se sabe que ha empezado una recesión hasta que ha pasado cierto tiempo, porque el NBER espera a que el gobierno finalice la revisión de datos, algo que suele tardar meses. No fue hasta 2008 que la organización anunció que la última recesión había comenzado en 2007.

Desde la Segunda Guerra Mundial ha habido 11 recesiones. La actual expansión económica comenzó a mediados de 2009, lo cual la convierte en la tercera más larga de la historia, pero no puede durar para siempre.

Las expansiones no solo mueren de viejas. Una recesión podría verse desencadenada por un incremento de las tasas de interés a cargo de la Reserva Federal, a fin de aliviar la inflación.

Actualmente, la Reserva Federal está en proceso de aumentar las tasas, pero la inflación sigue siendo baja y la mayoría de economistas no ven razones para preocuparse en el futuro inmediato; aunque los economistas no son muy buenos para predecir lo que sucederá.

“Cuando se desarrollan presiones salariales y de precios, estamos ante lo que da comienzo a la cuenta regresiva”, comentó Mark Zandi, un economista de Moody’s Analytics, una empresa proveedora de análisis financieros.

La presión sobre los salarios ya ha comenzado a ocurrir. La tasa oficial de desempleo sigue disminuyendo, y ha estado en o por debajo del 5% durante unos dos años, un nivel que tradicionalmente desencadena los temores a la inflación.

Pero los economistas pueden señalar una amplia gama de otras medidas, como una reducción de la participación laboral, que sugieren que el mercado está fuera de control.

Con unas tasas de interés que ya son muy bajas, la Reserva Federal ha querido aumentarlas para protegerse del fantasma de la inflación y, en parte, para poder reducirlas nuevamente cuando se produzca la próxima recesión. Porque la habrá.

Un posible iniciador de una recesión, dijo Zandi, es un enorme recorte de impuestos que incremente el déficit del presupuesto federal, algo muy parecido al contenido del proyecto republicano de ley fiscal firmado por Trump en diciembre.

En tal escenario, todo el dinero extra en manos de los contribuyentes podría provocar el sobrecalentamiento de la economía, lo que llevaría a la Reserva Federal a subir las tasas de interés más rápido, en un intento de evitar la inflación.

“Si los recortes de impuestos son financiados con déficit, eso va a impulsar la economía y se sobrecalentará, lo cual aumentará de forma considerable las probabilidades de una recesión a principios de la próxima década”, dijo Zandi.

La mayoría de economistas tienen menos confianza en que los recortes de impuestos vayan a impulsar mucho la economía, pero en general anticipan una respuesta agresiva por parte de la Reserva Federal.

“Las tasas de interés tienen una proyección de crecimiento en el corto plazo porque la legislación impulsaría la demanda agregada y el gasto, lo que llevaría a la Reserva Federal a incrementar las tasas de interés para evitar que se dispare la inflación”, comentó Tax Policy Center, una organización no partidista, en su análisis de diciembre de 2017 de los efectos económicos de la nueva ley.

La presidenta saliente de la Reserva Federal Janet Yellen, por su lado, mantuvo en secreto los planes de la Reserva a raíz del proyecto de ley fiscal.

“Creo que mis colegas y yo estamos alineados con las expectativas generales que tienen la mayoría de economistas en relación a que los tipos de cambio a nivel fiscal -que probablemente se aprueben- tenderán a darle un modesto impulso al crecimiento del PIB en los próximos años”, dijo.

Si bien el gobierno federal y los estatales ejecutan una serie de programas que responden a las necesidades económicas, en una situación de despidos masivos, no hay nada más importante que tener un seguro de desempleo.

Dicho seguro no se le concede a cualquiera. Solo son elegibles las personas despedidas de forma improcedente y que han tenido un buen historial laboral durante el año previo. La prestación está pensada para reemplazar en torno al 46% del salario perdido por la persona.

Desde 2016, la prestación de desempleo promedio oscila entre 330 y 350 dólares a la semana, según el Departamento de Trabajo, una cantidad que lo hace más valioso que otros programas que responden a necesidades económicas.

El Programa Asistencial de Nutrición Suplementaria, por ejemplo, puede proporcionar esa misma cantidad de dinero en el curso de un mes.

La generosidad de las prestaciones sirve para dos propósitos: uno es proteger a las víctimas de despidos y otro es evitar una espiral deflacionista más amplia provocada por la gran cantidad de personas desesperadas que aceptan salarios terribles por trabajos para los que realmente no están preparados.

Tras el comienzo de la Gran Recesión, mientras cientos de miles de personas perdían su trabajo cada mes, el Congreso comenzó a incrementar la duración del seguro de desempleo para aquellas personas que habían agotado las 26 semanas de prestación que el estado debía garantizarles.

El retraso de los costos de las prestaciones por parte de los republicanos dio lugar a un duro enfrentamiento en 2010. El senador republicano por Kentucky, Jim Bunning, respondió de forma infame a la solicitud de los demócratas espetanto “jódanse” en el Senado.

Desde entonces, el Congreso permitió silenciosamente que expiren esas prestaciones, mientras que los republicanos en los estados ‒horrorizados por que Barack Obama les otorgase a sus electores hasta 99 semanas de seguro de desempleo con financiación estatal y federal‒ le dieron un hachazo a sus propios programas de desempleo.

Nueve estados redujeron la duración de las prestaciones de las 26 semanas habituales, y muchos otros se pusieron más exigentes a la hora de controlar a los solicitantes para asegurarse de que continúen buscando trabajo, algo que siempre ha sido un requisito de elegibilidad.

Como resultado de esto, el porcentaje de estadounidenses desempleados que recibían compensación por despido disminuyó desde aproximadamente un 36% en 2007 a alrededor de un 28% en 2017, según datos del Departamento de Trabajo.

Wayne Vroman, asociado del Urban Institute, dijo que una gran razón para el declive es que los estados están encontrando modos de sacarles las prestaciones a los desempleados después de haber sido considerados elegibles. Su investigación muestra un gran incremento en “determinaciones de no separación”.

Estas son las instancias de los estados que investigan si alguien sigue cumpliendo los requisitos de elegibilidad haciendo cosas como escribir los nombres y direcciones de las empresas en las que pidieron trabajo en formularios de las agencias estatales de trabajo.

“Cuando las agencias han tomado determinaciones de no separación en los últimos años, el proceso ha tenido por resultado un incremento de las probabilidades de ser denegado, superando a aquellas de 1989 o 1999”, escribía Vroman en un artículo que será publicado este año.

Por ejemplo, el porcentaje de denegación de determinaciones al examinar la disponibilidad de una persona para trabajar ‒su predisposición a aceptar un empleo‒, un requisito para la asignación de prestaciones, fue del 64% en 1989 y del 83% en 2016.

La compensación por desempleo es un programa de los estados y del gobierno federal que se financia con los impuestos sobre la nómina a cargo de los empleadores.

Cuando mucha gente pierde su trabajo y se agotan los fondos estatales destinados al desempleo, los estados tienen que pedir dinero prestado.

A veces también aumentan los impuestos sobre la nómina, algo que entusiasma a los legisladores republicanos que se posicionan a favor de la reducción de los beneficios. Cabe decir que la mayor parte de semanas extra de las prestaciones federales están completamente financiadas por el gobierno federal y creadas ad hoc por el Congreso.

Los estados todavía están resentidos por la Gran Recesión. A comienzos del año pasado, solo 21 fondos fiduciarios de los estados habían logrado lo que el Departamento de Trabajo consideraba un nivel mínimo de solvencia.

Si no pueden ponerse al día antes de los despidos, habrá presión política para seguir el camino que otros estados han abierto para reducir los beneficios.

Los legisladores en Kentucky, que tienen una calificación de solvencia baja, actualmente están considerando propuestas para crear un sistema de desempleo del estado más parecido al de Florida, uno de los peores en la actualidad.

Se trata de un viejo patrón que se repite. Tras la recesión de comienzos de los 80, los cambios en los beneficios del estado ayudaron a reducir la proporción de trabajadores desempleados que en 1980 recibían una compensación del 50% y en 1990 solo del 37%, de acuerdo al libro de 1994, Dismantling the Welfare State? (¿Desmantelando el Estado de Bienestar?), escrito por el politólogo Paul Pierson.

Josh Bivens, economista del Instituto de Política Pública, un think thank liberal, dijo que el país no está bien preparado para afrontar la próxima recesión.

“Hemos logrado que la unidad indexada quede increíblemente desprotegida”, decía Bivens. “Si queremos que el sistema de la unidad indexada no sea una absoluta broma, va a depender del Congreso y del presidente”.

Pero el Congreso y el presidente podrían estar más interesados en los test de orina que en la unidad indexada. Desde aproximadamente 2011, los republicanos tanto a nivel estatal como federal han intentado que la prestación, el programa de alimentos y el seguro de desempleo solo fueran concedidos si se pasaba un test de drogas.

En 2012, el Congreso aprobó una ley que les otorgaba a los estados el derecho a realizarles test de drogas a algunos solicitantes del programa de desempleo, pero esta medida le permitió al Departamento de Trabajo de Obama poder decidir quién sería sometido al test, lo que dio como resultado una estricta regulación que los republicanos decían que nadie alcanzaría.

Los republicanos eliminaron la regulación el año pasado, y la administración Trump ha dicho que lanzará una nueva pronto. Wisconsin, Texas y Mississippi ya han aprobado leyes que habilitan las pruebas de drogas y que solo están esperando a que el Departamento de Trabajo les dé luz verde.

¿Cómo se desarrollará una nueva depresión bajo este nuevo régimen de prestaciones de desempleo? Los recientes huracanes nos ofrecen un anticipo. Las tormentas que asolaron Texas y Florida dejaron a decenas de miles de personas sin trabajo.

Se supone que las víctimas de las tormentas son elegibles para las prestaciones y pueden presentar los papeles mediante el procedimiento habitual.

En Florida el proceso no es fácil. El estado revisó su sistema de desempleo en 2011, e hizo que las víctimas de despido tuvieran que presentar reclamos online e incluso tuvieran que pasar (por un tiempo) un test de matemáticas y lectura.

Desde 2007, antes de que comenzara la última recesión, el porcentaje de floridenses que reciben la compensación cayó del 32% al 9%, una de las tasas de cobertura más bajas de toda la nación.

Anthony Di Biagio es copropietario de un servicio de limpieza residencial y comercial en Cabo Coral, Florida. A raíz del huracán Irma no pudo trabajar más porque algunas de las viviendas y empresas de sus clientes eran inaccesibles.

Como propietario de una empresa, Di Biagio no era elegible para una compensación por desempleo estándar (la ayuda especial por el desastre proporcionada a través del sistema de desempleo del estado).

Tras pasar 40 minutos iniciando su solicitud online, Di Biagio entendió que lograr recibir la prestación le implicaría un gran esfuerzo. Tendría que solicitar pagos cada dos semanas y registrarse con un servicio online llamado Employ Florida Marketplace (EFM) como si estuviera buscando un empleo, y en tanto propietario de una empresa, no lo estaba haciendo.

“Desafortunadamente, esto es contraproducente para mí porque sé que mi situación de desempleado es temporal y lo más probable es que solo necesite la prestación durante uno o dos meses”, comentó en un mensaje de Facebook.

“Incluso si encontrara un trabajo con EFM, no podría comprometerme con él porque ya tengo una empresa que planea estar en pleno funcionamiento lo antes posible”.

Los problemas surgen en parte debido al aparente deseo del estado de disuadir las solicitudes a las prestaciones y en parte de la simple y llana incompetencia del viejo sector.

Florida contrató a Deloitte Consulting para que revisara su sitio web y se quejó públicamente del trabajo del contratista. En 2013 y 2014 el estado fue acusado por solicitantes de no proporcionar las prestaciones en el momento acordado.

Se supone que la gestión de reclamos a través de un sistema automatizado ahorra dinero en personal, pero otros dos estados que contrataron a esta empresa para revisar la entrega electrónica de prestaciones también se encontraron con muchos retrasos en los pagos de las prestaciones y otros problemas.

(Un portavoz de Deloitte dijo que el sistema de desempleo en los tres estados es completamente operativo desde 2014. Los trabajadores desempleados en todos los estados en los que hemos trabajado están recibiendo las prestaciones por desempleo para las cuales fueron elegibles, en tiempo y forma y de acuerdo a las leyes estatales y federales”, dijo).

“Los estados que administran estos programas realmente andrajosos no son el estabilizador económico que uno querría para una familia que hace frente a la pérdida del trabajo del principal salario de la casa”, expresó en una entrevista George Wentworth, uno de los abogados principales del Proyecto de Ley Nacional de Empleo.

“Es el programa más importante para el ciudadano estadounidense promedio que pierde su trabajo. Es por eso que hay normativas [en las leyes federales] que dicen que tan pronto como seas declarado elegible, deberías recibir el pago durante las tres semanas posteriores a la presentación de dicha solicitud”.

El Departamento de Oportunidades Económicas rechazó hacer comentarios.

Una cosa que realmente podría lograr que la recesión sea menos miserable que su predecesora es el “reparto del trabajo”. Treinta estados actualmente ofrecen programas de “reparto del trabajo” o de “compensación a corto plazo” que les permiten a las empresas reducir las horas de un grupo de empleados en lugar de hacer despidos. Luego el estado usa su fondo fiduciario de seguro de desempleo para compensar a los trabajadores por las horas perdidas.

El Congreso destinó 100 millones de dólares para que los estados implementaran programas de reparto del trabajo en 2012, y varios estados diseñaron nuevos programas como resultado de esa partida presupuestaria.

Un estudio encargado por el Departamento de Trabajo publicado en 2016 descubrió que de las más de 2.000 empresas inscritas en un programa estatal de trabajo compartido de 2008 a 2013, la mayoría tuvo una experiencia favorable y más del 80% dijo que volvería a inscribirse de nuevo.

Es una buena idea de la que, por supuesto, nadie ha oído hablar.

Los economistas familiarizados con el reparto del trabajo dicen que es ridículo lo poco que la mayoría de gente sabe del concepto y que creen que tiene un respaldo bipartidista. Una falla de la política es que la inscripción en los programas del estado depende totalmente de los empleadores, a pesar de que lo que está en juego son los medios de vida de los trabajadores.

“Sería estupendo si los empleados pudieran iniciar eso también”, dijo Lonnie Golden de Penn State Abington. “Simplemente no existe la información”.

Otro rasgo distintivo de la próxima recesión será la prevalencia de empleos falsos sin ganancias. Desde 2005, el porcentaje de mano de obra ocupada en “modalidades de trabajo alternativas”, como el trabajo freelance o los “trabajitos”, ha aumentado de un 10% a un 16%, de acuerdo una investigación de 2016 realizada por Lawrence Katz y Alan Krueger, economistas de Harvard y Princeton respectivamente.

Menos de un 1% de los trabajos corresponden a plataformas online como Uber o TaskRabbit; las modalidades de trabajo alternativo son más comunes en los trabajos de almacén de Amazon en los que en realidad no se trabaja para Amazon.

Este tipo de trabajo representó todo el crecimiento neto del empleo de 2010 a 2015 y se ha extendido en varias ocupaciones. La ventaja es que estos trabajos son más fáciles de conseguir. Las desventajas son que es menos probable que se consigan beneficios, son menos seguros, y los horarios son más imprevisibles.

Y las personas que trabajen en esos trabajos puede que no sean elegibles para la prestación por desempleo, ya que si no son empleados reales de la empresa para la que trabajan, para el estado no tendrán los formularios W2 que reflejan sus ganancias. Para las personas que no tienen prestaciones, la “flexibilidad” del trabajo por contrato pueden ser su único sustento.

Katz y Krueger descubrieron en un documento de seguimiento que quienes habían sufrido desempleo tenía unas probabilidades considerablemente mayores de estar trabajando con alguna modalidad alternativa al final de la Gran Recesión, algo que ocurrirá con mayor intensidad la próxima vez que se derrumbe la economía.

“Sin duda, esperaríamos un cambio en las personas, ya que pierden la posibilidad de conseguir un trabajo tradicional, lo cual las hace optar por trabajos alternativos”, dijo Katz said.

No he creído ni una palabra de lo que me contaron durante años.
Donald Witkowski, exempleado de una fábrica de papel

Y luego está el factor Trump. Cuando vuelvan los despidos masivos y aumente la tasa de desempleo, los nuevos desempleados descubrirán que no solo han perdido sus medios de vida, sino que también se han convertido en noticias falsas.

El presidente de los Estados Unidos negará que las cifras de trabajos basura sean reales. Así como cuando era candidato insistió en que la tasa de desempleo era 10 veces más alta de lo que dijo el gobierno de Obama, el presidente Trump no dudará en poner en duda la tasa presentada por su propio gobierno cuando comience a subir.

¿A quién le importa? Bueno, a las decenas de millones de estadounidenses a las que les cambiarán su sistema de desempleo sí que les importa. Una de las peores cosas de estar desempleado, aparte del hecho de que no se tiene dinero, es que se pierde una rutina que básicamente conecta al individuo con la sociedad mediante interacciones diarias con otras personas.

Y dado que la cultura estadounidense vincula estrechamente el valor de un ser humano por su carrera profesional, puede ser difícil mantener la autoestima: lo cual puede explicar el vínculo entre el desempleo y el suicidio.

A un gran número de personas alienadas y vulnerables que ya viven una existencia surrealista se les diría explícitamente que ni siquiera son reales.

Pregúntale a cualquiera que haya sufrido algo más que un breve período de desempleo a raíz de la Gran Recesión, que oficialmente duró desde diciembre de 2007 hasta junio de 2009, cómo se sentía cuando escuchaba que la economía estaba mejorando. Pregúntele a Donald Witkowski.

“No he creído ni una palabra de lo que me contaron durante años”, le dijo Witkowski al HuffPost. Y así es cómo se sintió, aunque el presidente en ese momento se tomó el trabajo de decir que, a pesar del progreso económico, mucha gente se había quedado atrás, una especie de matiz que Trump no hace.

Witkowski, de 59 años, perdió su trabajo en 2011 cuando cerró la fábrica de papel en Whiting, Wisconsin. Había trabajado allí durante décadas. Ahora, aún desempleado y recibiendo una prestación por incapacidad, está alejado de su gobierno incluso tras haber disfrutado casi un año del seguro de desempleo gracias a una serie de extensiones federales.

Cualquier cosa que salga mal con la recesión, dijo, será peor que cualquier cosa que digan las estadísticas. Él tiene una predicción para la próxima recesión, y se basa más en su experiencia con la última que vivió que en la economía.

“No será una recesión”, dijo. “Creo que será un colapso total”.

Fuente: Arthur Delaney / HuffPost

Comentario en Facebook

Copyright 2012 © - Todos los derechos Reservados | Design by ideas2.com.ar