21 de Marzo de 2019

Empresas familiares, by un millennial

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Por Facundo Eneas Garriz. Si los millennials llegamos a este libre albedrío muchas veces mal interpretado como "no sabe lo que quiere”/“no se compromete”/“no sabe lo que es el esfuerzo” y varios peyorativos más, es porque a generaciones anteriores les fue bien con sus proyectos venidos en empresas familiares; o al menos a una parte de la sociedad, en la que hoy me enfocaré.

La empresa familiar sería como el anti-hábitat para un millennial. Porque justamente se trata de un negocio que heredará con la aparente obviedad de que es lo más lógico que haga el que fue a estudiar, hizo un master y una pasantía (como si alguna de todas esas etapas no le hubiese generado sueños o deseos ajeno al mandato asociado al apellido).

Y no es simplemente hacerse cargo, sino hacerlo con el peso de que si falla “no fue lo suficientemente bueno como sus antepasados” (lo que se resume en “no fue lo suficientemente bueno”, hermosas caricias al ego). Tanta crisis de autoconocimiento para que de repente el camino esté pre-establecido.

Están los que asumirán esa carga en el silencio de la frustración, que si bien no los hará felices llenarán los zapatos que el contexto esperaban que llenen.

También los que lo asumen pero pretendiendo mejorarlo con ideas nuevas, que en verdad son los que luchan para revelarse sin animarse a dejar su buen pasar, un grupo que se bifurca entre los que chocan contra el paredón del fracaso y los que, logrando equilibrar la soberbia y la capacidad, tendrán el éxito que el resto espera.

Y luego queda un pequeño grupo de renegados que se subdividen entre los que se pelean con todo para valerse por sí mismos y los que por “no encontrar su pasión” vagan en un etéreo nada (o viajar, como le decimos ahora).

El denominador común es la mirada ajena de una sociedad que los mide con la vara de sus progenitores. De una familia que deposita sueños frustrados y cree que al darle todas las herramientas los hijos tienen que desarrollar todo el potencial que tienen (?).

Somos “víctimas” (ojalá pudiera usar comillas más grandes) de la presión, de las exigencias, de las frustraciones, de la crítica ante cualquier fallo.

Porque desde un presente con mucho pasado es fácil criticar al que vive un presente con mucho futuro. Simplemente porque el pasado es cierto y “los ayudó a aprender” mientras que el futuro es incierto y “todo puede fallar”.

Entonces la presión de una empresa familiar se basa en haber visto como ese emprendimiento se gestó y pretender que el millennial lo siga de la misma forma.

Pero... ¿alguien nos preguntó si queremos? ¿Si somos realmente capaces?

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¿Alguien nos puede garantizar que siguiendo tal o cual fórmula no vamos a fallar?

Se cree que cada vez hay menos chance de fallar porque como ya fallaron los anteriores, nosotros tenemos que hacerlo, finalmente, bien.

Pero, ¡hey! somos lo mismo que ustedes hace 40 años... no tenemos más que lo que heredamos, que puede ser mucho, pero no incluye la capacidad y el carácter, ni las aspiraciones ni los sueños, ni siquiera las formas y las ambiciones.

Quizás lo que queríamos preservar sea solo el simple placer de animarse y disfrutar el viaje. Ah sí, claro, eso mismo con lo que ustedes construyeron esta empresa.

Quizás todo sea parte de relajarse y confiar.

Facundo Eneas Garriz es columnista de cronista.com

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